
¿Qué esperar en la psicoterapia?
septiembre 8, 2025El sentimiento de culpa es un estado afectivo de rechazo o malestar dirigido hacia uno mismo, que aparece cuando interpretamos que nuestras acciones han ocasionado un perjuicio a otra persona. En este sentido, su función fundamental es la reparación, es decir, la necesidad de compensar o corregir el daño que consideramos haber provocado.
Por lo tanto, la culpa constituye una emoción necesaria y adaptativa, ya que contribuye a regular la conducta, establece límites internos y favorece el respeto hacia los derechos y necesidades de los demás.
Sin embargo, no es infrecuente experimentar situaciones en las que, aun siendo conscientes de que no existe una responsabilidad real, el sentimiento de culpa persiste de manera intensa e involuntaria. Surge entonces una cuestión relevante: ¿por qué podemos sentir culpa incluso cuando sabemos que no corresponde?
Partiremos de una premisa general: el ser humano es un sistema complejo de la naturaleza y todo lo que permanece en él cumple alguna función. En consecuencia, cabe preguntarse qué utilidad podría tener una culpa que, aparentemente, resulta irracional o injustificada.
Para ilustrarlo, imaginemos el caso de Juan, un hombre viudo. Durante la enfermedad de su esposa experimentó una culpa persistente por no poder curarla. Meses después de su fallecimiento, decide acudir a una cena con sus compañeros de trabajo. En un momento dado, se sorprende disfrutando de la velada; inmediatamente, su expresión cambia, se siente culpable, deja de participar y termina marchándose a casa. ¿Qué explica esta reacción?
Esta escena resulta más comprensible si introducimos el concepto de culpa defensiva. A primera vista, la idea puede parecer contradictoria: ¿cómo podría la culpa ejercer una función protectora? Sin embargo, así es. En determinadas circunstancias, la culpa puede operar como un mecanismo psicológico que protege al individuo frente a emociones más dolorosas, especialmente frente a la impotencia y la vivencia de falta de control ante una realidad traumática.
Este fenómeno ha sido ampliamente descrito en el estudio de niños sometidos a maltrato. En estos casos, es frecuente que el menor construya una imagen de sí mismo como alguien “malo”, inadecuado o merecedor del castigo. Esta interpretación le resulta menos angustiante que asumir que sus padres —quienes deberían protegerle— son imprevisibles, crueles o incapaces de cuidarle. Pensar que es culpable le permite conservar una fantasía de control: “si me porto bien, dejarán de hacerme daño”, lo que hace que la angustia y el miedo sean menos abrumadores. En términos psicológicos, es más tolerable vivir sintiéndose culpable en un mundo que se percibe como ordenado y predecible, que aceptar un mundo regido por el azar o por fuerzas destructivas.
Retomando el caso de Juan, es posible comprender que durante la enfermedad de su esposa le resultaba menos doloroso creer que había algo que debería estar haciendo (aunque esto generara culpa) que enfrentarse a la realidad de que no existía ningún acto capaz de evitar el desenlace. En el presente, la misma lógica defensiva continúa operando: si se permite disfrutar, emerge la culpa como recordatorio inconsciente de que todavía debería estar haciendo algo y no está bien estar disfrutando en lugar de haciéndolo. Por otro lado, también puede sentir que disfrutar después de la muerte de su mujer es una especie de deslealtad.
Con el paso del tiempo, Juan podrá ir aceptando gradualmente la realidad irreversible de su situación y la imposibilidad de recuperar la vida anterior. Este proceso, inevitablemente, implicará atravesar un dolor emocional profundo. Sin embargo, también le permitirá reconocer que, pese a la pérdida, existen elementos de su vida desde los cuales puede reconstruir un proyecto vital con sentido. El duelo conlleva tristeza, vacío y sufrimiento, y estos afectos son naturales e inevitables. No ocurre lo mismo en este caso con la culpa, que se mantiene como una expresión de la fantasía de control: la idea implícita de que, si uno sufre lo suficiente, quizá pueda revertir lo ocurrido.
Naturalmente, la culpa defensiva no explica todos los casos en los que una persona se siente culpable. No obstante, constituye un concepto clínico valioso para comprender algunas experiencias de culpa que, desde un punto de vista racional y ético, reconocemos como desproporcionadas o injustas.
